domingo, julio 26, 2009

De cuándo se jodió Occidente


En el primer párrafo de Conversaciones en la catedral, Zavalita se pregunta en qué momento se jodió el Perú. Como todo, piensa, en algún momento se debió haber jodido. El filósofo, semiólogo y antropólogo español Jesús Martín-Barbero respondió hace algunas semanas, en una conferencia organizada por las escuelas de Arte y Teatro de la Pontificia Universidad Católica de Chile, una pregunta similar: ¿cuándo se jodió Occidente? A su juicio, «Occidente se jodió cuando separó el juego del conocimiento» (Visión universitaria, nr. 18o, p. 3). En otras palabras, Occidente comenzó su camino hacia la decadencia cuando el conocimiento dejó de ser un desafío, una aventura, y se convirtió en un un mero procedimiento, en una técnica que bien se podía enseñar como quien enseña a otro un determinado oficio.

sábado, mayo 09, 2009

God save the Queen

¿Qué tienen en común Jorge Luis Borges, Ludwig Wittgenstein, Fernando Savater o el Papa Paulo VI? Pues su afición a las novelas policiales. Dice Savater en su libro dedicado a Borges, que las tareas conjuntas que emprendieron éste y Adolfo Bioy Casares demuestran que ambos fueron lectores perspicaces y generosos, de los que saben contagiar el vicio de la lectura sin importar el género literario de que se trate. Su trabajo en común es indicativo de que no estaban aquejados del síndome de la excelsitud literaria, que prescribe entrar en trances místicos ante Hoffmansthal o Kundera y despachar con una mueca de repugnacia o menosprecio la simple mención de Agatha Christie (aunque esta escritora, según leemos en Enciclopedia Borges, p. 96, nunca fue del agrado del escritor argentino, quien más bien la desdeñaba). Como bien indica Savater, «el paladar del auténtico gourmet de la escritura disfruta con las rarezas de los sibaritas pero también con los platos populares bien especiados» (Borges: la ironía metafísica, p. 41). La clave de la lectura está en hacer como Borges: «leer de manera inusual, descentrada, a esos autores sobre los que ya estamos acostumbrados a discursos definitivamente acuñados» (Borges: la ironía matafísica, p. 55). Así, es posible operar un sutil cambio de perspectiva que no descarta leer obras de filosofía como si pertenecieran al género fantástico o las de Agatha Chirstie como si hubiese sido escritas por un renombrado filósofo....especialmente considerando que ante ella, como ante toda reina, debemos hacer una reverencia.

Para mí, Agatha Christie (1890-1976) representa una de las primeras lecturas de mi vida, y quizás por eso siempre le he tenido aprecio e intento, cada vez que puedo, volver a esos misterios detenidos temporalmente en la Inglaterra de las primeras décadas del siglo XX. Las suyas son novelas que están escritas para entretener, en las que lo único moralmente reprobable, según ella misma confesó, es el asesinato que otorga sustento a la trama. El secreto de su éxito, avalado por dos mil millones de libros vendidos en diversos idiomas, fue descubiero hace algunos años por neurolingüistas que analizaron su basta producción de narrativa policial (también escribió, con el seudónimo de Mary Westmacott, novelas de amor). Luego de someter sus textos a un profundo análisis lingüístico, los expertos concluyeron que la clave de su éxito y vigencia reside en las frases cortas, las palabras repetidas, los guiones largos y la limitación del vocabulario al indispensable para que sus lectores pudieran seguir el relato sin desconcentrarse de la trama. Esta forma de escritura es especialmente estimulante para el cerebro, que segrega serotoninas y endorfinas a medida que se avanza en la lectura del suspense creado por la auténtica reina del crimen. De ahí que nos cueste tanto dejar un libro de Agatha Christie cuando lo hemos comenzado. Al final, la clave del misterio está, como diría Poirot, en las pequeñas células grises.
A propósito de Bolonia y la crisis: dos pájaros de un tiro
Quiesiera compartir una
Quisiera compartir una columna de Alejandro Llano, publicada en Gaceta.es el 24 de abril de 2009. Su lectura me ha resultado muy sugerente, porque en ella se busca la causa común que explica el proceso de unificación de los programas universitarios europeos (conocido como proceso Bolonia o, simplemente, como Bolonia) y la crisis económica (llamada por Leopoldo Abadía «crisis ninja»).

El núcleo de la crisis económica
Alejandro Llano
A falta de interpretaciones que no se contradigan entre sí, la información sobre la crisis está confeccionada en gran parte con rumores. Por detrás de casi todas las habladurías, asoma el fatalismo. Todavía no me he tropezado con nadie —los incorpóreos miembros de la Administración sólo aparecen en las ondas o en el papel— que confíe en las medidas gubernamentales como punto de apoyo para salir del atasco. Pero hay algo todavía más inquietante: no se ha emitido una explicación seria y consistente sobre el origen de la crisis.

Vaya por delante que yo tampoco poseo la clave. Pero si la tuviera, todo seguiría igual: casi nadie me haría caso. Porque, a mi juicio, la interpretación del porqué de la crisis económica no es, a su vez, económica. Y me apresuro a decir que tampoco es ética. A lo largo de estas dos últimas décadas, ha ido instalándose en mi ánimo una creciente desconfianza en el discurso moralizante, y no digamos si se trata de la ética empresarial o económica. Tengo un amigo que dice que se lleva la mano a la cartera cuando oye hablar de ética. Algunos de los grandes programas de ética corporativa se han desarrollado en empresas que ya estaban hasta las cejas de corrupción. Y acontecía que algunos de los ejecutivos más pringados eran los que mayor entusiasmo parecían poner en la elaboración de los códigos éticos, tan olvidados hoy.

La clave de la crisis está en aquello que, entre otros rendimientos, constituye el fundamento de una ética seria, es decir, no manipulada por quienes han de aplicarla, no sectorializada ni especializada ya que ética, como madre, no hay más que una. El núcleo de la crisis es antropológico (para no pasarme y decir: ontológico). Y consiste en el olvido de que el origen de todo valor económico estriba en el trabajo. Con una precisión clave: el trabajo humano es ante todo conocimiento. Han castigado nuestros oídos con el soniquete de la sociedad del conocimiento. Pero se ha dado de ella una versión trivial, como si se tratara de utilizar muchas máquinas de almacenar, procesar o transmitir información. Cuando, ya lo dijo Eliot, confundir el conocimiento con la información o la comunicación indica que uno está más perdido que Caperucita en el metro. El conocimiento nuevo es el único valor original que cabe añadir a la riqueza humana. Olvidado esto, el empobrecimiento adquiere un curso fatal. Y esto es justo lo que está sucediendo.

El lugar más claro para detectarlo es el lenguaje, especialmente cuando se aplica a la educación, a la investigación, o a la producción innovadora. Una primera evidencia podría encontrarse en la burocracia en torno al proceso de Bolonia. En los folios y folios que han ido generando los presuntos expertos europeos en universidades, ¿saben ustedes cuántas veces aparece la palabra verdad? Lo han adivinado, no es el premio del millón porque resultaba obvio: ninguna. No me he parado a contar, en cambio, el número de apariciones de vocablos tales como empleabilidad, destreza, competencia, capacidad, transversalidad… Hasta los menos proclives a valorar el espíritu se dieron cuenta de ello hace unos cuantos años. Jacques Lacan, freudiano y estructuralista con querencias marxistas, dijo a comienzos de los setenta que la revolución del sesenta y ocho habría traído un gran cambio en las universidad: desaparecieron los intelectuales y comparecieron los tecnócratas. Ayer oí que un estudiante planteaba en el bar el acertijo de cómo se podía contar la historia de la universidad en siete palabras. Nadie lo acertaba y respondió triunfante: “Empieza en Bolonia y termina en Bolonia”.

Pero también se puede registrar esta corrupción lingüística en el campo empresarial. Casi nadie recuerda que la palabra prestigio significa originariamente engaño o ilusión. A los prestidigitadores de la venta de humo les encantan también los términos competencia y competitividad: siempre comparativos, nunca sustanciales. Habría que advertir que se puede ser el mejor siendo malo. Y que se puede ser bueno sin ser precisamente el primero de la clase.

Lo esencial no es el brillo, claridad prestada. Lo decisivo es el resplandor, fuente originaria de luz.

domingo, marzo 22, 2009

Sobre la lectura y lo que ella nos deja


Conversando con un amigo llegamos a un tema siempre interesante, como es el de lectura. Me decía mi amigo que la lectura de un determinado autor que yo hacía era antojadiza, pues lo que éste quería transmitir distaba mucho de aquello que yo ponía en sus páginas. Le contesté que bien podía ser así, pero que los libros no sólo tienen sentido por lo que el autor quiere decir, sino también por lo que nosotros interpretamos de las palabras de las que él se sirve. El lenguaje se compone de signos que representan esencias, decía Wittgentein; pero esas esencias no pueden ser conocidas sino a través de un proceso de conversión a la imagen. En otras palabras, uno no puede pensar en un árbol sin recrear la imagen (o sea, dotar mentalmente de materia a la forma) de ese árbol.

Recientemente, ha aparecido la traducción castellana de un interesante libro que aborda desde un aspecto distinto ese misterioso mundo que es la lectura. El libro tiene un título curioso, en especial pensando que se trata de un ensayo sobre el arte (y el placer) de la lectura: se llama Cómo hablar de los libros que no se han leído (Editorial Anagrama, 2008), y su autor, Pierrre Bayard, es profesor de literatura francesa en la Universidad de París VIII Vincennes-Saint-Denis y psicoanalista. Después de explicar los distintos modos de no leer un libro (los libros que no se conocen, los libros que se han hojeado, los libros de los que se ha oído hablar, los libros que se han olvidado y, aunque el autor no lo incluye, los libros que se han leído se recuerdan), Bayard habla de las distintas bibliotecas que convieven en todo sistema cultural. La primera de ellas es la «biblioteca colectiva», constituida por esos libros que representan culturalmente algo, que son un valor socialmente aceptado cuyo conocimiento puede ser directo (por haber leído el libro en cuestión, existiendo muchas maneras de hacerlo, según expone el mismo Bayard) o indirecto (por las referencias que se tienen). Luego existe la «biblioteca personal», que es la representación que el lector crea a partir de lo que lee, construcción que no siempre se condice con lo que el libro dice. Bayard ejemplifica esto con la discusión que sostienen Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos en El nombre de la rosa, donde ambos hablan de la obra que Aristóteles dedica a la comedia, pero bajo claves distintas y sin haber leído el libro (el primero porque sólo lo ha ojeado unos momentos y el segundo porque es ciego). Por último, existe una «biblioteca virtual», constituida por los cruces de las virtualidades inacabadas de cada libro y de lo que hemos agregado de nuestra cosecha. Por consiguiente, para citar una determianda obra no sólo hay que remitirse a lo que en ella se dice, sino también a lo que se desprende de su contexto, a eso que el libro nos deja. A fin de cuentas, cuánta verdad encierra esa certera frase de Borges: «yo soy los libros que he leído».

Se trata, en suma, de un libro muy recomendable para aquellos que les gusta la lectura...cualquiera sea el estilo con que se la practique.

domingo, marzo 08, 2009

De mensajes en botellas y tertulias virtuales


Cuando en agosto de 2006 comencé a escribir este blog, mi objetivo era que él se convirtiera en una tertulia virtual, un espacio donde debatir sobre distintos temas. Por esa razón, nunca pensé en suprimir los comentarios. Sin embargo, un amigo que también se ha sumado a la blogósfera me ha dicho que un blog es más bien un mensaje en una botella, un pensamiento dejado a la deriva y que, a través del ciberespacio, llega a destinatarios anónimos. En su momento, cuando conversábamos sobre el particular, le repliqué que mi visión de un blog es distinta, y que éste se asemeja más a una tertulia virtual con contertulios anónimos que a un mensaje en una botella (o un grafiti, podríamos decir para emplear un medio de comunicación más actual).

La primera razón para pensar así es que si uno tiene algo que decir debe hacerlo con la posibilidad de réplica y de comentario de parte de los destinatarios; que aquellos a quienes nuestras opiniones van dirigidas –que en el caso de los blogs es todo el ciberespacio con la sola limitación del idioma– puedan decir lo que piensan acerca de las opiniones del autor. A diferencia del mundo de los libros, el de los blogs es una tertulia entre personas anónimas, una conversación que se entabla entre el que escribe, que muchas veces oculta su nombre, y el que lee, aquel que descubre el blog y, entre tantos otros, se detiene en él porque le interesa lo que su autor quiere decir. La traducción castellana del término «blog» es, como se sabe, «bitácora», y alude al cuaderno de bitácora de los barcos. Es, pues, un cuaderno electrónico donde el autor, como si de un diario de vida se tratara, comparte con otras aquellas consideraciones que bien podrían quedar en un archivo de su computador o en un cajón de su escritorio. Desde el momento que las consideraciones personales se ingresan a la blogósfera, hay una cesión de la privacidad de lo ahí escrito. Se sabe lo que el autor piensa y se puede discrepar o no con él. Así se forma el debate que este medio tecnológico pretende conseguir y se reconstruye ese espacio social que son las tertulias, que la vida moderna muchas veces dificulta.

Cuando el autor decide suprimir los debates, no sólo elimina una de las características particulares de estos sitios web (cfr. «Blog», en Wikipedia), sino que se cae en parresia, término que denota una figura retórica que consiste en aparentar que se habla audaz y libremente al decir cosas, ofensivas o incómodas al parecer, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le dicen. El diálogo, encauzado dentro de las normas de la buena educación, es siempre bueno y fructífero. No debe rehuirse el diálogo; no debe olvidarse que en toda herejía siempre hay una verdad que se ha entendido de otra forma. Por eso, el error es siempre más rico, o al menos más variado, que la verdad. Como ya decía Aristóteles, sólo hay un modo de llegar a la verdad práctica, pero muchas formas de desvirtuarse. Por otra parte, la verdad no siempre es adecuación de la cosa con el entendimiento que la aprehende, porque si así lo fuera caeríamos en unas contradicciones muchas veces insalvables. La verdad también tiene mucho de coherencia. Nuestra búsqueda debe tender hacia ella, para que, al final, podamos decir con Wittgenstein: he amado la verdad. El diálogo enriquece la propia postura; el juego dialéctico o mayéutico permite ir depurando las ideas para llegar a una conclusión final. En esta línea, los comentarios son siempre una aportación a un blog que se ha construido con el deseo que lo que se escribe se lea por otros y los haga pensar (o, mejor aún, desarrolle en ellos un pensamiento crítico).

La posibilidad de eliminar los comentarios ofensivos u ociosos siempre está en manos del administrador del blog. Si alguien no respeta las reglas del diálogo en la blogósfera, su comentario simplemente se suprime. La censura opera después de que el comentario se ha exteriorizado, no antes, cuando sólo está en fase germinal de pensamiento. Se reprime, pues, el comentario fuera de lugar, no el pensamiento.

Una segunda razón que hace que los comentarios constituyan parte de la esencia de los blog es la sensación de poder que dan a los lectores. El sociólogo y filósofo esloveno Slavoj Žižek decía que el botón que acelera el cierre de la puerta del ascensor (y también, por poner otro ejemplo, el de los semáforos) no es sino un placebo para hacer creer al que lo pulsa que participa en el movimiento de aparato. La acción del usuario no afecta en nada en el funcionamiento de la máquina, que sin su pulsación seguiría trabajando y cerrando las puertas con la frecuencia con que ha sido programada. Este autor aplica luego dicho caso a la democracia liberal, y dice que en ella el voto de los ciudadanos es también ilusorio, pues éstos, a la larga, han de elegir entre dos candidatos que proponen sustancialmente lo mismo. De ello concluye que la democracia es una especie de desgracia. Aunque reconoce que no está contra ella, afirma que el problema a su respecto es que debemos comenzar a hacernos preguntas ingenuas, del tipo ¿qué es la libertad?, ¿qué significa democracia? Estamos seguros, concluye, que vivimos en una democracia más o menos participativa, pero ¿qué es lo que la gente realmente decide? Por esa razón, Žižek considera que todo es político, porque toda decisión, antes que racional dirgida, está ideológicamente ordenada. Y esta digresión tiene sentido porque nuestro autor ha dicho algo que atañe a la materia de este comentario: «El mensaje –la nueva ciberdemocracia permite a millones que se comuniquen y organicen, circunvalando al control estatal centralizado– enmascara una serie de inquietantes huecos y tensiones». En consecuencia, el mensaje, el comentario, es un gesto democrático y, por lo mismo, los blogs son espacios donde la libertad se puede ejercer y donde la decisión, muchas veces excluida en el ámbito político, se puede plasmar.

En tercer lugar, los comentarios son un gesto de apertura, de decir a quienes leen las entradas de un blog que su autor no tiene en esa materia nada que ocultar. A través de la sección «comentarios» se expresa a los potenciales lectores del blog que no se tiene miedo a las críticas y, en aquellos casos en que sea necesario, a responder a ellas para reafirmar las propias ideas o bien para reconocer que había un punto de vista que no se consideró originalmente y que ahora, al conocerlo, cambia la opinión inicial. Errar es humano, y en reconocer que nos habíamos equivocado está la clave para seguir avanzando en la búsqueda de la verdad. Además, con los comentarios se crea una línea de comunicación en torno a un tema y se permite dar un giro al enfoque original de las entradas publicadas, enriqueciéndolas en la mayoría de las ocasiones con las aportaciones de otras personas, de formación muy distinta a la del autor del blog.

En fin, los comentarios comportan una de las maneras más efectivas para detectar problemas, como enlaces erróneos, imágenes mal enlazadas, errores tipográficos, de referencias o de apreciación, etcétera. Todo este tipo de advertencias ayudan a mejorar el blog, para que él sea una herramienta eficaz para difundir los pensamientos que su autor quiere transmitir.

martes, marzo 03, 2009

Recomenzar


No escribía en este blog desde hace más de dos años. He decidido volver a hacerlo, pero dando una nueva orientación a su contenido. Sin embargo, antes de reanudar este diálogo, quería explicar el cambio que ha sufrido la rúbrica de este blog. Ahora, junto al título inicial, aparece la explicación de lo que pretendo hacer en este blog: una tertulia virtual.

La expresión «tertulia» debe su nombre a Tertuliano de Cartago (Quinto Septimio Florencio Tertuliano), famoso escritor eclesiático que vivió entre los años 155 y 230, y que se caracterizaba por ser un muy buen orador y apologeta con gran dominio de la retórica en su forma de argumentar, además de ser el iniciador de la teología escrita en latín (es el primero en utilizar, por ejemplo, la palabra Trinidad para referirse a las Tres Personas divinas). Tal era su fama, que a este gran retórico se le llamaba tre Tullius, es decir, «el que vale tres veces como Tulio [sc. Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.)]», el gran orador romano. En la España del siglo XVII se comenzaron a formar círculos de gente culta que se reunía en algún local para leer a Tertuliano y a otros grandes retóricos de la antigüedad y, de esta manera, aprender a conversar y argumentar en los salones. Por esta vía se pusieron de moda entre las clases acomodadas las obras de este abogado y erudito cartaginés, famoso por defender el cristianismo a través de unos discursos ricos en juegos de palabras, con los cuales buscaba transmitir el mensaje del Evangelio en diálogo con la cultura de su época (en los últimos años de su vida, empero, entró en la secta montanista, apartándose de la otordoxia). Bajo el reinado de Felipe IV (1621-1665), a las personas que se reunían para comentar a Tertuliano se las denominó «tertulianos» (y luego, en forma coloquial, también contertulios), y a esas reuniones se les conoció como tertulias.

En la actualidad, una tertulia es una reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o recrearse. En Chile la expresión se hizo conocida por el programa de televisión de ese nombre nacido en 1982, como una propuesta distinta los demás programas de conversación de la época. Fue, pues, un espacio pionero en su estilo, imponiendo un sello que se mantiene hasta el día de hoy en esa clase de productos televisivos. Los panelistas originales fueron Willy Arthur, Germán Becker, Domingo Durán y José Luis Rosasco, los cuales llevaron este programa a conseguir importantes premios, como el Premio Nacional de Televisión categoría Entretención (1984), el Premio Símbolo de la Cultura Chilena (1986), otorgado por la Secretaría General de Gobierno, y el Premio Círculo de Críticos de Arte (actualmente APES) categoría Cultura (1987). Debido al insistente pedido de muchos antiguos telespectadores, Canal 13 Cable resucitó el programa originalmentre transmitido por UCV Televisión, manteniendo a los antiguos contertulios Germán Becker y José Luis Rosasco e incoporando a Hugo Zepeda y Monseñor Luis Eugenio Silva.

sábado, febrero 03, 2007

La democracia y el pluralismo

Nos queda por tratar el último tema de los que nos propusimos, y que titulamos “la democracia y el pluralismo”.

Se sabe que los efectos de este pluralismo impulsado por la democracia son variados, pero quisiera detenerse en los más importantes, contado para ello con la invaluable ayuda que nos brinda Su Santidad Juan Pablo II:

a) El primero de estos efectos, y quizás causa de los demás, es el relativismo moral. La proliferación de sistemas morales, muchos de los cuales se inclinan abiertamente por señalar que la moral es algo exclusivo de cada uno y no puede responder a pautas externas, ha sumido al hombre actual en el desconcierto y la desilusión. Surgen las vías de escape, ya no basadas en la experiencia íntima con Dios, sino en los más diversos medios, más acordes con el hedonismo y el relativismo imperantes. El lujo, las drogas, las fiestas desenfrenadas, el sexo libre, el alcohol, las prácticas esotéricas, el yoga, el budismo, los partidos políticos, las pandillas, los juegos de rol y las fraternidades creadas en torno a ellos, son algunos de estos sustitutos de la experiencia trascendente que busca la propia naturaleza humana, que en algo permiten calmar esa inquietud interior de un hombre que se siente vacío y desorientado.

b) La búsqueda de sentido en estos sucedáneos ha conducido al hombre moderno a oscurecimiento de la esperanza. “En efecto, la época que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo desconcertante. Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, ‘aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más libre y más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión’” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 7).

c) La pérdida de esta esperanza, del concepto de honra que posee Occidente –como lo recordaba en una columna de comienzos del año pasado el historiador Gonzalo Rojas-, ha traído consigo una pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, uno de los pilares de nuestra cultura, lo que unido a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, ha hecho que muchas personas den la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia. Por eso no han de sorprender demasiado los intentos de dar a los países de Occidente una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo, siendo quizás el caso más patente el de Europa y su Constitución comunitaria que desconoce las raíces cristianas que soportan la cultura de ese continente y de los países nacidos a su alero (cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 7).

Lo anterior no significa que nuestra cultura no posea todavía símbolos prestigiosos de la presencia cristiana. Sin embargo, éstos, con el lento y progresivo avance de la secularización iniciada por allá por el siglo XIII por un franciscano excomulgado, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado glorioso de nuestra cultura, fruto de la perfecta unión de fe y razón, amalgamados en la férrea cohesión que sólo la Verdad puede promover. Como consecuencia de este avance de la secularización, cuya acción hoy recurre a métodos más lentos y sutiles que los de antaño, muchas personas “ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 7).

El gran enemigo de la Iglesia y de todo el orden social cristiano es la malicia de algunos y la ignorancia de muchos; en suma, la falta de formación. Es esta ignorancia (desconocimiento de la Verdad) la que hace que muchos comiencen a formar una religión a su medida, tomando elementos de por aquí y por allá, y que redundan en la destrucción de la forma de conducta que la Iglesia prescribe (el Camino). No resulta extraño, pues, que la confianza en la eternidad (la Vida) se diluya y la máxima del carpe diem lo inunde todo.

d) Esta pérdida de la memoria cristiana a la que recién aludíamos va unida a un cierto miedo en afrontar el futuro. “La imagen del porvenir que se propone resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 8), convertido hoy en un contrato civil de menor rango incluso que aquellos de contenido patrimonial, por la paulatina universalización del divorcio unilateral.

e) Asimismo, nuestro mundo refleja una difusa fragmentación de la existencia; “prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización que se está produciendo, en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 8).

f) Junto con la difusión del individualismo, nos dice Su Santidad Juan Pablo II, “se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal: mientras las instituciones asistenciales realizan un trabajo benemérito, se observa una falta del sentido de solidaridad, de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 8).

g) En fin, la raíz de la pérdida de la esperanza en que se encuentra sumido el mundo occidental está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo, como lo ha recordado Su Santidad Benedicto XVI. Idéntica idea manifestaba Chesterton en Ortodoxia, cuando concluía diciendo que si se quita lo sobrenatural, lo que quede apenas puede considerarse humano.

Pues bien, “esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como ‘el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre’, por lo que, ‘no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria’” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 9). En consecuencia, nuestra cultura da la impresión de ser una “apostasía silenciosa” por parte del hombre autosuficiente, que vive como si Dios no existiera.

En esta perspectiva surgen los intentos, repetidos también últimamente, de presentar la cultura europea prescindiendo de la aportación del cristianismo, que ha marcado su desarrollo histórico y su difusión universal. Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una ‘cultura de muerte’” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, nº 9).

Espero que estas reflexiones sobre la derecha sirvan para iluminar el actual esquema de partidos.

jueves, febrero 01, 2007

La democracia

Como decía en un comentario anterior, el nacimiento y consolidación de los partidos políticos no puede entenderse sin la democracia. A ella debemos dedicar algunas palabras.

Dejando de lado los significados que se atribuyen a la democracia en la Antigüedad, se puede decir que ella presenta dos acepciones. La primera designa a la participación del pueblo, mediante representación, en el conocimiento de ciertas materias gobierno y en elección de los colaboradores del gobernante. El segundo sentido es el que le asigna el liberalismo (de ahí la expresión “democracia liberal”), que identifica a este sistema como aquél en que el pueblo participa activamente en las decisiones de gobierno o que puedan tener incidencia social (Widow Antoncich, El hombre, animal político, p. 112).

Siguiendo a Alejandro Silva Bascuñan, pueden señalarse las siguientes características de la democracia contemporánea:

a) El sistema democrático es constitucionalista. Constituye un lugar común de los juristas dedicados al derecho constitucional decir que la Constitución Política de 1980, promulgada durante el gobierno del Presidente Pinochet, constituye un compendio de principios católicos. Lamentablemente, no puedo estar de acuerdo con tal afirmación, que es insostenible desde el punto de vista metafísico. En efecto, la metafísica nos enseña que nada puede ser y no ser al mismo tiempo y respecto de las mismas circunstancias, formulación que se conoce con el nombre de principio de no contradicción. ¿Cómo puede estar inspirada en principios católicos una Constitución Política que es, por su propia naturaleza, liberal y atea? A este tema dediqué un comentario en 2005, donde se revisaron las fuentes y significado de los artículos 1º incisos primero y segundo, 4º, 5º inciso primero y 19 nº 6 de la Constitución Política.

b) La democracia proclama la soberanía popular. En nuestro país, esta base de la institucionalidad democrática se encuentra en el inciso primero del artículo 5º de la Constitución Política, que dispone: “La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio”. La redacción de esta norma guarda estrecha coincidencia con la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 26 de agosto de 1789 (declaración condenada por el Papa Pío VI en la Encíclica Quod aliquantulum, de 1791), que señalaba: “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella” (artículo 3º). Se consagra, así, la idea de soberanía popular: el poder ya no procede de Dios, sino del hombre; es él quien hace la ley, única manifestación de la voluntad soberana.

El poder no reside esencialmente en la nación, como han dicho desde antiguo nuestros textos constitucionales, siguiendo el pensamiento de Jean Bodin (uno de los cinco golpes que ha recibido la concepción cristiana del mundo), sino en Dios; aun en el caso de las autoridades elegidas a través del sufragio universal, el poder que ejercen viene indefectiblemente de Dios. Recuérdese que la teoría política de un católico debe nacer de las palabras dichas por el Maestro, al ser interrogado ante el procurador Poncio Pilatos. Cuando Pilatos le dice: “¿A mí no me respondes? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder crucificarte?”, Jesús le responde con firmeza: “No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado desde lo alto […]” (Juan, XIX, 10-11). En esta breve frase se condensa, magistralmente, el gozne sobre el que ha de girar la teoría cristiana de generación del poder.

El Papa Pío IX se encargó expresamente de condenar este error del racionalismo ateo, al incluir como uno de los falsos dogmas del modernismo aquél que dice que “La autoridad no es otra cosa que la mera suma del número y de las fuerzas materiales” (Syllabus, nº 60).

Además, un sistema democrático inorgánico, como el que tenemos en nuestro país (salvo en el caso de los senadores institucionales –hoy abrogados-, que lamentablemente fue mal aplicado, puesto que no se dejó su generación a los cuerpos intermedios de los que provenían), es incapaz de contrarrestar el poder de un soberano absoluto, representado por un Estado centralizador, gobernado por cúpulas partidistas, ante el cual el ciudadano pierde toda posibilidad de defensa real de sus intereses (labor que antes estaba radicada en las distintas corporaciones que componían la llamada soberanía social), a la vez que experimenta un sentimiento de desarraigo que hace a cada hombre ajeno a toda institución y a cualquier destino colectivo. Nace, entonces, una nueva concepción del ser humano: el hombre-masa.

c) La democracia se estructura sobre la base del sufragio universal. Tan bueno es el sistema adoptado por la democracia para conocer la opinión de la ciudadanía, que fue el mismo utilizado para asesinar a Cristo. En efecto, la más viva muestra del sufragio universal basado en un sistema absolutamente proporcional fue aquél que sirvió para condenar a Cristo, cuando la muchedumbre enardecía prefirió a Barrabas (cfr. Mateo XXVII, 15-26; Marcos XV, 6-15; Lucas XXIII, 13-25; Juan XVIII, 39-40).

d) La democracia se funda en la proclamación y respecto de los “derechos humanos”. En la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, el Papa Juan Pablo II revisaba los retos actuales del mundo e incluía como uno de ellos el respeto de los derechos fundamentales. Sin embrago, el tema no es tan simple. El problema de la modernidad y, por consiguiente, también de la posmodernidad, radica en haber vaciado el concepto de derechos fundamentales, tan rico en significado en la tradición cristiana, para dejarlo como un mero concepto normativo sin remisión a un derecho superior inmutable. De ahí que los esfuerzos de los juristas por evitar los errores cometidos por una adoración pagana a la ley vayan por el lado de crear una teoría material del derecho, fundada en esos principios constitucionales, carentes, empero, de significado unívoco dentro de cada comunidad. Por esto, resulta paradójico que muchos juristas cristianos sigan pretendiendo leer los “derechos humanos” en clave iusnaturalista, cuando el liberalismo y el derecho natural racionalista los despojaron de cualquier significado en tal sentido.

e) En la democracia existe la convicción de que el concepto de bien común puede diseñarse y configurarse de distintas formas. Por eso, lleva ínsito el germen del relativismo, al que nos referiremos en el comentario siguiente.

f) La democracia se basa en un sistema de mayorías, recociendo –aunque sólo nominalmente- la existencia de las minorías. De ahí que pueda predicarse de la democracia una cierta similitud con el totalitarismo. Como decía Legaz y Lacambra, “el totalitarismo no es sino una democracia que ha matado al liberalismo; es democracia pura, pero no democracia liberal, sino lo contrario; democracia antiliberal” (Humanismo, Estado y derecho, p. 222).

g) Consecuente con lo anterior, se dice que la democracia contemporánea está basada en la libertad de los integrantes de la mayoría, pero respectando los derechos de la minoría. Esto es, existe una implícita remisión al artículo 4º de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que dice: “La libertad consiste en poder hace todo lo que no perjudica a otro. Así el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que aseguren a los restantes miembros de la comunidad el goce de estos mismos derechos. Estos límites sólo pueden estar determinados por la Ley”. La libertad deja de reconocer los límites que le impone la ley natural, para considerar sólo aquéllos que vienen señalados por el derecho positivo, desde ahora un acto de poder.

h) La democracia es inseparable de la participación cierta y eficaz del hombre en la formación de la voluntad nacional.

Por el contrario, la base del sistema político corporativo es la representación orgánica, por clases sociales organizadas que responden a afinidades laborales e intelectuales. Dicha forma de representación, en palabras de Vázquez de Mella, es “el ejercicio del derecho social ajeno bajo la dependencia y vigilancia del que es sujeto de derecho y que se ejercita por medio del mandato imperativo”. Pero no debe confundirse el mandato imperativo con la ideas liberales pregonadas por el movimiento francés Le Sillon: el mandato imperativo lo único que hace es asegurar a los representantes su calidad de tales y al pueblo su derecho a ser bien gobernados, a diferencia del sistema contrario que concibe la representación como el “ejercicio del derecho individual ajeno y por suma colectivo, y con independencia del que lo posee”, puesto que las decisiones responden, en último término, a las cúpulas de los partidos políticos, sin tomar en consideración al pueblo, que es el que les otorga la representación.

A propósito de este tema, creo pertinente recordar la interesante explicación sobre el pecado original que ofrece el autor alemán Dietrich Schwanitz. Como es sabido, luego de que Dios creara al hombre a su imagen y semejanza y le entregara el paraíso como su hogar, prohibió a Adán y Eva que comieran del fruto del árbol que se encontraba en medio de todos, el Árbol del Bien y del Mal (Génesis III, 2-3) Sin embargo, apareció la serpiente y tentó a la mujer, diciéndole que Dios no quería que comieran de ese árbol porque si lo hacían se les abrirían los ojos y serían como Dios, conocedores del bien y del mal (Génesis III, 4-5). Viendo la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar la sabiduría, comió de él y dio también de probar al hombre (Génesis III, 6). Quedaba consumado así el pecado original y la consiguiente expulsión del hombre del paraíso. A juicio de Schwanitz, la serpiente, maestra de paradojas, le explica a la mujer que la prohibición que Dios había hecho respecto de los frutos de un determinado árbol era antidemocrática y sólo buscaba perpetuar el poder. Por ende, si comían del fruto en cuestión lograrían zafarse de esa tiranía y lograrían discernir por ellos mismos qué es bueno y qué es malo, sin que parámetros externos vengan a señalarlo (Schwanitz, La cultura. Todo lo que hay que saber, p. 41).

i) En fin, en un gobierno de opinión ninguna de sus instituciones tiene autenticidad (¿la legitimidad de antaño?), sino facilita el ejercicio de las libertades políticas, tan unidas entre sí. Así, en aras de una supuesta participación ciudadana, el ejercicio de las potestades en que se basa la función pública se fracciona hasta el infinito.

Como decía el conde de Monterroso, Juan Vásquez de Mella, “el constitucionalismo os ha infiltrado la idea de las responsabilidades legales y os ha hecho desconocer las sociales y efectivas. La responsabilidad legal del poder público es siempre nula, la historia demuestra que no sirve absolutamente para nada. Aquel que la exigiese, sería el verdadero soberano; y si éste fuese residenciado por otro, éste sería soberano auténtico; y como no se puede seguir el largo proceso de instancias sin llegar a una sentencia definitiva, la larga serie de responsabilidades legales resulta siempre irrisoria en la práctica. No sucede así con la responsabilidad que yo llamaré social, porque es la que de hecho se rinde ante las fuerzas sociales de un pueblo. Así un rey completamente absoluto, cosa que yo no defiendo, porque soy partidario de la monarquía representativa y federativa; un rey en la plenitud de su soberanía que representase y concentrase en sí, al modo de Luis XIV, toda la soberanía del estado y parte de la social, no podría hacer más de lo que vosotros hacéis en este caso, y aun muchas veces no se atrevería a tanto. ¿Sabéis por qué? Por una ley olvidada en el derecho público moderno, pero que rige la soberanía y que me atrevo a formularla así: La responsabilidad está en razón inversa del número de personas que ejercen el mando. A mayor multiplicidad de soberanos, menor responsabilidad o responsabilidad nula”.